Inteligencia portátil en la palma de la mano

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Desde hace ya varios años, las (trans)acciones más esenciales de nuestro día a día no se conciben sin una tarjeta inteligente que medie para hacerlas efectivas. En su carcasa rectangular de proporciones áureas el DNI electrónico, la inseparable tarjeta de crédito (o débito) e, incluso, algunas sanitarias y telefónicas, por nombrar algunos ejemplos, han hecho que las nuevas medidas más deseadas por la sociedad de consumo sean los 8,5 x 5,3 centímetros.

Este ABGstories está dedicado a las mentes responsables de que saquemos más tarjetas que un árbitro en una final de la Champions.

El microchip prodigioso

Una tarjeta inteligente es una tarjeta con un circuito integrado cuya configuración es exclusiva para cada titular. Como consumidores, nos permite entre otras funciones: verificar nuestra identidad con absoluta seguridad, almacenar y transportar datos relacionados con nuestro perfil de usuario, proporcionarnos un monedero seguro y, en general, darnos acceso seguro a diversas aplicaciones en todo tipo de ámbitos (organismos oficiales, banca, comercios, etc.) que nos permiten realizar operaciones de diverso calado.

Se distinguen 2 tipos: las tarjetas de memoria, que cuentan con un circuito simple y memoria para lectura y escritura (comunes en las tarjetas de prepago telefónicas y sanitarias); y las tarjetas con microprocesador, que permiten una mayor libertad en su programación, cuyos datos pueden leerse o escribirse gracias a un identificador y permiten ejecutar un amplio abanico de funciones con un grado más elevado de seguridad.

El funcionamiento en ambas categorías no requiere baterías, ya que la energía que utilizan está suministrada por los lectores de las propias tarjetas.

Y ahora que ya conocemos en qué consiste el invento, veamos quienes fueron sus progenitores.


El triángulo ingenioso

La paternidad de la tarjeta con chip está compartida por tres inventores: el francés de origen egipcio Roland Moreno, el japonés Kunitaka Arimura, y el alemán Jürgen Dethloff. Obviamente, la nación de cada implicado reclama en exclusiva la custodia de la criatura, pero como nuestra sección va en pro de la innovación, haremos justicia al tripartito en bloque.

El lado francés

Figura de la primera patente de R. Moreno (FR 2266222)

En nuestra vecina Francia, Roland Moreno es todo un tesoro nacional, pese a la poca relevancia a nivel global que alcanzó su figura. Los galos lo consideran su “profesor chiflado” patrio, quizás por lo polifacético de su talento pues, además de inventor, fue también periodista, actor, escritor y humorista.

En 1972, con tan solo 27 años, fundó su propia compañía: Innovatron. La empresa fue la cuna de sus múltiples creaciones, entre las que despuntaron algunas como un software capaz de crear nuevas palabras a partir de combinaciones aleatorias de palabras específicas del diccionario; o la Matapof, una máquina para jugar al “¿Cara o cruz?”. Fue en Innovatron donde nació el artilugio que aseguró a Moreno un lugar en el Olimpo de la inventiva: la tarjeta inteligente.

Obsesionado con la idea de transportar datos y realizar transacciones de forma sencilla y segura, el francés acabó creando un microchip cuyas prestaciones recogió en su primera solicitud de patente (FR 2266222), presentada en 1974.

La concesión llegó en 1975, pero no fue hasta bien entrada la década de los ’80 cuando el invento de Roland Moreno se convirtió en una auténtica revolución. Debido a su alto coste de producción en comparación con las tarjetas de banda magnética, las tarjetas inteligentes estuvieron en periodo de letargo hasta 1983. Ese año, France Telécom lanzó al mercado las primeras tarjetas telefónicas de pago con el chip integrado. La gran aceptación pública que tuvo este nuevo formato llamó la atención de los bancos, que vieron una oportunidad de oro para agilizar las transacciones comerciales.

Los ángulos germano y nipón

Figura de la primera patente de J. Dethloff y Helmut Göttrup (AT 287366B)

A pesar de que Moreno no gozó de una gran proyección internacional, eso no fue impedimento para que la euforia que se originó en torno a su invención traspasase fronteras. Los ecos de la tarjeta con microchip francesa llegaron a Alemania y Japón. Ante la noticia, ambos países desempolvaron sendos baúles de los recuerdos para disputarle la paternidad de la hazaña al galo.

Los nipones contraatacaron poniendo en valor la figura de Kunitaka Arimura como auténtico pionero. A él le atribuyen el concepto de tarjeta inteligente y la primera patente presentada al respecto que, según ha trascendido, data del año 1970 y se limitaba al territorio japonés. Pese a la ausencia de documentos en las principales bases de datos de patentes que permitan ratificarlo, la historia ha reconocido el grano de arena aportado por Arimura.

Jürgen Dethloff es el tercer nombre en este triángulo ingenioso. Su papel protagonista se gestó en torno a 1968, cuando junto a Helmut Göttrup solicitó la patente para su “Identificador-Interruptor de identificación” (AT 287366B), que tuvo que esperar hasta 1982 para contar con la concesión.

Figura de la patente de J. Dethloff (DE 2760485A)

Ya en solitario, Dethloff presentaría entre 1976 y 1977 otras tres solicitudes de patente claves para el ecosistema de la tarjeta inteligente: un dispositivo para realizar operaciones con al menos un identificador y un dispositivo/tarjeta con microprocesador (DE 2760486C2); un procedimiento para configurar un identificador/código de protección de transporte (DE 2760487C2); y un dispositivo para realizar operaciones bancarias (DE 2760485A).

Luchas de egos y nacionalidades a un lado, está claro que, como ya hemos visto en otros ABGstories, en el terreno de la PI no es contraproducente que tres sean multitud. Lo más conveniente es hacer siempre un reconocimiento justo a todas las partes implicadas y recordar que sin las buenas ideas nuestra cotidianeidad nunca progresaría adecuadamente.

P.D: ABG IP recomienda el uso responsable de las tarjetas de crédito.

Agradecimientos
Gracias a mis compañeros Fernando Prieto, Juan Antonio Bonache e Inés García por sus aportaciones en la redacción de este texto.

Jorge Domínguez
Business Development Assistant - ABG-IP
Jorge se incorporó a ABG Intellectual Property en 2019. Su experiencia laboral ha estado siempre ligada a la creación de contenidos, tanto en medios como en agencias de comunicación. Además, cuenta con una trayectoria como autor literario y musical. Es autor de las novelas, “Los Chicos del Parque” (2017) y “Condenados a Entenderse” (2019), y ha lanzado su primer álbum, “Domine”, en 2020.
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