Pascal Box: innovación tecnológica y propiedad industrial en pleno auge del pádel

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El pádel se ha convertido en uno de los deportes de mayor crecimiento a nivel mundial. Según datos del sector, el mercado global del pádel alcanzó un volumen aproximado de 2.000 millones de euros en 2022, con Europa concentrando la mayor parte de la actividad económica y España como principal referencia, con más de 5,5 millones de jugadores y miles de clubes activos. Este crecimiento acelerado ha multiplicado también el consumo de material deportivo, especialmente de pelotas presurizadas, cuyo uso intensivo genera costes recurrentes y un impacto medioambiental significativo.

En este contexto surge Pascal Box, una empresa española que ha desarrollado soluciones tecnológicas para recuperar y conservar la presión de las pelotas de pádel, prolongando su vida útil y mejorando la calidad del juego. El proyecto está liderado por Fernando Luis Ramiro, director general ejecutivo, que supo trasladar una necesidad detectada en la práctica amateur a una innovación con recorrido industrial y comercial en un mercado en plena expansión.

En esta entrevista, Fernando Luis Ramiro repasa el origen de Pascal Box, su evolución hasta lograr acuerdos con actores líderes del sector y el papel decisivo que ha desempeñado la protección de la propiedad industrial en la consolidación y valorización del proyecto.

Pascal Box: la importancia de presurizar las pelotas 

Empezaste con este proyecto porque eras aficionado al pádel, ¿verdad?

Fernando Luis Ramiro: He jugado toda la vida a deportes de raqueta; he jugado prácticamente a todos. A todos mal, pero bueno, a todos, sí.

Y, ¿cómo surgió tu faceta de inventor?

Yo principalmente he estado trabajando siempre en la industria químico-farmacéutica. En un momento la empresa, que estaba en España, se trasladó a otro país y no encontré un trabajo que me gustara. En esa época tenía tiempo libre y me centré más en el deporte. Empecé a jugar a pádel y me di cuenta de que el uso que hacíamos con las pelotas era fatal: teníamos que desechar las bolas prácticamente nuevas porque perdían presión. Cuando jugábamos un partido, ese día las pelotas aguantaban más o menos, estaban bien, pero al día siguiente ya las bolas no iban bien. Pensé que ahí había que hacer algo porque es una pena. El caucho es un elemento muy contaminante, tarda muchísimo en degradarse; puede tardar 1000 años fácilmente.

Entonces, cuando la pelota pierde presión, ¿qué cambia en el juego?

En todos los deportes donde hay balones o pelotas, es necesario que las bolas tengan presión porque si no, si la pelota no bota bien, los esfuerzos y los movimientos son diferentes y producen muchas lesiones. En el pádel, principalmente el problema es la epicondilitis, el codo de tenista; el codo sufre muchísimo porque tienes que hacer golpes que no son naturales y hay que darle a la bola con más fuerza.

Detectaste un problema y te propusiste solucionarlo

Efectivamente, lo primero que tuve que hacer era buscar información sobre las características de la pelota. Y con todo lo que se sabe hoy en Internet, no había información suficiente. Tuve que empezar a averiguarlo por mis propios medios.

En esa fase, las bases de datos de patentes son muy valiosas. ¿Hiciste una búsqueda del estado de la técnica?

Pues justo ahí fue cuando me puse en contacto con vosotros, concretamente con Fernando Prieto, del área de patentes en ingeniería de ABG. Me dijo “lo voy a mirar” y, curiosamente, salió una cosa, yo creo que de los años 50. Pero era un artilugio. Eso te tenía que costar un dineral hacerlo y de lo que se trataba era de recuperar un producto, un bote de pelotas, que actualmente está a un precio de unos 8-9 euros. Tampoco puedes hacer una gran inversión para eso.

De un prototipo casero a presencia mundial

Así que te pusiste a idear una solución. ¿Cómo fueron los comienzos?

Me surgieron muchos problemas y muchas dudas, pero a base de paciencia y perseverancia, llegué a la conclusión de que, efectivamente, la presión se podía recuperar. Tenía un pequeño laboratorio en mi casa e hice mi primer prototipo con cosas que compraba en la ferretería. Estoy hablando del año 2012, aproximadamente. Castigué a mis amigos con mis inquietudes y preocupaciones, empezamos a probar y vimos que, efectivamente, la bola se recuperaba. De ahí pasé a hacer un prototipo más profesional y, una vez que lo conseguí, me dije: “¿y ahora qué hago con esto?”.

Y, ¿qué hiciste?

Me puse en manos de un amigo que se dedica a la creación de empresas y startups. Y me dijo: “Yo no tengo ni idea; sé que ese deporte del pádel existe, y poco más”, pero claro, te hablo de hace ya mucho tiempo. Estudió el caso y tengo que decir que me asusté un poco cuando vimos la cantidad de dinero que se necesitaba para lanzar un proyecto al mercado: nuestro cálculo era 400.000 euros. Para un particular es mucho dinero, pero me dije: “vamos a intentarlo”. Y ahí nació Pascal Box.

Y cuando sacasteis el producto, ¿cómo fueron los primeros contactos con el mercado?

Pues fue muy triste porque nadie nos hacía caso, podría escribir un libro de anécdotas porque me decían, por ejemplo: “¿y por dónde está el agujerito para meter la presión?”. La gente lo asimilaba al balón de fútbol o de baloncesto, que tiene una válvula. Fue muy duro, prácticamente, desde 2014, que salió la primera patente, hasta 2020.

La protección de la PI como impulso del éxito

¿Para ti proteger la propiedad industrial fue importante desde el principio?

Cada vez que surgía alguna cosa hablaba con Fernando Prieto. Siempre que he tenido algo, le he preguntado y he seguido sus pasos y no nos hemos equivocado, creo que nunca.

Registramos también el diseño industrial cuando las ventas eran ridículas. Pero había una cosa que a mí me daba mucha fuerza, y es que el que probaba el presurizador de pelotas estaba encantado con el producto. Y yo me decía: “como sé que esto funciona, ahora ya es cuestión de que hagamos bien lo demás”.

Y, ¿cuándo y cómo se produjo el salto?

En diciembre del 2019, en el Master Final de pádel, firmamos un acuerdo con una empresa que es la número uno en el mundo, Bullpadel. Ahí ya cambió todo.

Pero poco después llegó el COVID, así que en 2020 hubo cierto parón; pero, afortunadamente, el pádel fue uno de los deportes que se podía practicar por la distancia y pronto empezamos a crecer mucho. Se fue extendiendo y hoy en día tenemos presencia en todo el mundo.

En 2019, cuando firmasteis el acuerdo, ¿qué importancia le dio Bullpadel al hecho de que tuvierais protegida la invención, los diseños y la marca? ¿Crees que lo valoraron?

Sí, seguro que sí. Y no solo esta empresa, que es con la que seguimos trabajando y que tenemos una relación excelente; hemos tenido propuestas de compra y siempre lo primero que nos han preguntado es si teníamos patentes o teníamos protegidos los productos. Siempre. Yo creo que el diseño industrial a nosotros nos ha ayudado mucho también.

De la idea, al invento; del invento, al negocio

¿Cuánta gente tenéis ahora en plantilla? Entiendo que generáis también empleo indirecto, ¿verdad?

Nosotros somos pocos porque aquí lo que hacemos prácticamente es montaje y control de calidad. Pero, a excepción de un manómetro (que viene de Alemania), todos los componentes los hacemos en España. Por ejemplo, el presurizador de la línea amateur, que es el de tres y cuatro pelotas, se fabrica con unos plásticos especiales como policarbonato, fibra de vidrio, etc. en Alicante y para ello son necesarias unas máquinas de inyección muy grandes; esa empresa se dedica casi exclusivamente a fabricar para nosotros porque le demandamos muchas unidades. También hay que pensar que tenemos como socios a Bullpadel, y ellos hacen prácticamente toda la logística, comercio exterior y parte comercial. Nosotros llevamos marketing, algo de administración e innovación, desarrollo e investigación; unas 14 personas. Luego tenemos gente de almacén y de control de calidad, que son otras 20 personas o más.

¿Qué productos tenéis ahora en el mercado?

En la línea amateur tenemos tres equipos, uno que es para tres bolas, otro para cuatro y el último, el más reciente, que es también para tres o cuatro bolas pero es automático: le hemos incorporado un pequeño compresor con una batería. Pulsas un botoncito y ya.

Tenemos también la línea profesional que lleva una tapa más grande y es un recipiente de acero inoxidable. Tenemos uno que es para 75 pelotas y otro para 250; que es la línea profesional para entrenadores y Clubes de Padel y Tenis.

¿Qué ventaja les proporciona el presurizador a los clubes?

Con nuestro sistema prolongas muchísimo la vida de las bolas en las clases. De hecho, usan prácticamente todo el año el mismo juego de pelotas, con el añadido de que todas las bolas botan igual porque todas tienen la misma presión. Los equipos cuestan entre 700 EUR y 1500 EUR, pero duran toda la vida y los amortizan inmediatamente. Es cierto que proporcionalmente vendemos muchísimo más fuera de España que en España. En Europa, sobre todo, hay un crecimiento exagerado porque entre los clubes de pádel hay más empresas privadas con un concepto empresarial.

Y, ¿os han intentado copiar?

Sí. Fue hace como 5 años, o sea, a partir del 21 ó 22, que es cuando hay una explosión. Cuando ya somos referencia empiezan a copiarnos con pequeñas cosas. Normalmente son productos que tienen carencias. En algunas ocasiones, cuando hemos visto alguna publicidad, les hemos contactado y se han retirado.

Eso en cuanto a presurizadores. ¿Tenéis algún otro producto?

En el pádel es que se utilizan muy pocas cosas: para jugar son necesarias las zapatillas, raqueta y pelota. Poco más.

Pero tenemos otra invención protegida, que es un secador de pelotas. Es como un horno. Es un invento muy práctico en aquellas zonas donde hay mucha humedad, como ocurre en casi toda Europa y en el norte de España. En este caso, nos contactaron de un club de Bilbao porque con la niebla, que es húmeda, las bolas pesan un montón y, aunque la pelota recupere la presión, no se seca porque está en un recipiente hermético. Aquí el reto era no deteriorar el caucho, que es un elemento muy sensible a la temperatura. Pero conseguimos desarrollar una máquina que seca las pelotas en 15 minutos sin estropearlas.

Un nicho en el que ha arraigado la innovación

¿Seguís tratando de mejorar el producto? ¿Seguís innovando?

Sí, de hecho, el último, lo hemos presentado en septiembre del 25. Esperamos a que estuviera registrado el diseño y después lo empezaron a testear alrededor de 50 embajadores de Pascal Box. Lo sacamos a la venta prácticamente en diciembre de 2025 y ahora que ya estamos en abril, pues lentamente se está ya consolidando, aunque el precio es doble del otro. En cualquier caso, a mí lo que más me tranquiliza es que no hemos tenido ningún problema y eso es una garantía.

Y, una vez lanzado, yo ya estoy pensando en el siguiente, pero  no  saldrá antes de 2 años, porque desarrollar un producto y estar seguro de que funciona te lleva mucho tiempo.

¿Crees que la gente empezará a cuidar más las pelotas en el futuro?

En términos generales, es más cómodo comprar pelotas nuevas, gastarte 6 o 7 euros, jugar y tirarlas. Es cierto que en Europa hay bastante conciencia medioambiental, pero te vas a otros países y no hay tanta; concretamente en Estados Unidos compran las bolas y las tiran. No estamos acostumbrados a cuidar las pelotas. Supongo que cuando aumente el precio de las pelotas, que aumentará por el tema de hidrocarburos, pues empezaremos a cuidarlas más.


Comentario del agente:

El caso de Pascal Box pone de relieve cómo una invención con una aplicación aparentemente sencilla puede requerir un uso muy consciente de los derechos de propiedad industrial para llegar a consolidarse. Desde las primeras búsquedas de estado de la técnica hasta la protección de la invención, los diseños y la marca, la PI ha sido una herramienta fundamental para dar forma, continuidad y seguridad a un proyecto que ha evolucionado a base de esfuerzo y convicción.

Acompañar este tipo de iniciativas resulta especialmente gratificante cuando la protección de los derechos no es un trámite, sino una parte activa del proceso creativo y empresarial, y cuando el inventor entiende la PI como un aliado para seguir innovando y creciendo con confianza.

Fernando Prieto

 

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